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A los treinta años de la «Humanae vitae» de S.S. Pablo VI

abril 25, 2008

Card. Alfonso LÓPEZ TRUJILLO (†)

Presidente del Consejo pontificio para la familia

Tomado de BEC

Hace ya tres décadas que el Santo Padre Pablo VI hizo pública esta encíclica que, con sobrada razón, es hoy cada vez mas reconocida como profética. Así lo hizo el Sínodo de la familia (1980); así lo testimonian episcopados, movimientos apostólicos y estudiosos en diferentes partes del mundo.

¿Por qué este calificativo de «profética» a una encíclica que sufrió los embates de la contestación, en algunos casos incluso provenientes de quienes tenían la misión, como maestros, de ser defensores del magisterio que ejercitó con innegable valentía (con «parresía», diríamos, para usar el término griego)? La opinión pública, en el momento de la recepción de la encíclica, no fue propiamente iluminada, en no pocos casos, con una reflexión seria, sino manipulada. Una serie de aspectos episódicos crearon inicialmente un manto de brumas que, en buena parte, se van despejando cuando se lee la encíclica con la debida atención y cuando se ahonda en los fenómenos que una mala concepción, o incluso su rechazo frontal, ha desencadenado. En efecto, en muchos lugares del mundo se escucha esta queja: si hubiéramos escuchado a tiempo al Sucesor de Pedro, ¡cuántos males habríamos evitado!

El concepto de «profética», atribuido a la Humanae vitae, cuyo solo título ya nos introduce en una clara dimensión antropológica, obedece a varios aspectos que quisiéramos recordar, y que se entrelazan como erguida defensa de la verdad que tiene su último fundamento en Dios; una verdad que no es «política», es decir, sometida a cálculos, transacciones, silencios o fáciles «consensos», ni es tampoco una especie de verdad sucesiva, ligada a cambiantes circunstancias, sino que es una realidad y una exigencia permanente, que tiene su fuente en el absoluto de Dios y no abdica del serio y comprometido ejercicio de la razón. La Humanae vitae ofrece la verdad, vinculada al ser, a la naturaleza del hombre y de la mujer en su entrega de amor, en esa donación total que forma una sola carne, según el designio original de Dios.

Estamos, pues, bordeando una primera característica del término «profético», que en momento alguno puede renunciar a la voluntad de Dios. Para el creyente, para los esposos que forman esa comunidad de vida y de amor, indagar en lo que Dios quiere no es algo facultativo o de menor importancia. La primera actitud de Pablo VI fue ésta: buscar, sobre toda clase de presiones o amenazas, cuál era la voluntad de Dios. Lo hizo a costa de múltiples sufrimientos e incomprensiones, como un servicio doloroso que no ocultó. Más aún, a ello hizo explícita alusión en las primeras intervenciones en las que se refirió a este histórico documento. ¡Que fácil hubiera sido, en una mera hipótesis, haber cedido ante lo que muchos daban como un hecho -la aceptación de la píldora como lícita-que, desde luego, hubiera abierto las puertas a la licitud de la contracepción! No ignoraba el Papa la mole de los ataques. Veía que venían oleadas furiosas y agitaciones, hasta en la grey encomendada a sus cuidados de Pastor universal, y, sin embargo, como en un nuevo Getsemaní, contaba sobre toda consideración la voluntad de Dios sobre la de los hombres. Una actitud tan firme y tan decidida; una decisión tan maduramente meditada, culminó en una serena firmeza, de la cual se tienen suficientes e incontrovertibles testimonios. La voluntad de Dios es el tejido fundamental del Magisterio. Y tal verdad, en su integral concepción antropológica, fue traducida en la coherencia y unidad de los significados unitivo y procreativo de la unión conyugal (cf. Humanae vitae, 11 y 12). Son significados inseparables. El intento de escindirlos introduce un desorden que provoca efectos graves; uno de ellos: altera el sentido mismo de la donación total, en un amor plenamente humano y responsable. Mantener esa armónica unidad es una protección del mismo amor, del acto conyugal, en un lenguaje consecuente que no se torna en vaciamiento o (aunque sea un análisis que parece severo) en traición objetiva a la exigencia misma de una donación total.

Otro aspecto del profetismo de la encíclica se refiere al fenómeno producido por la separación de significados que un estudioso denomina «el sexo fragmentado», y que ha provocado «la revolución sexual», con las consecuencias que hoy se deploran. La lógica concatenación para una adecuada comprensión e integración de la sexualidad implica la unión ante estos eslabones que se fundan en una sexualidad humana (no confundida con el instinto animal), radicada en la unidad de la persona humana, cuerpo y alma (cuerpo animado y Espíritu encarnado), una sexualidad inscrita en la dimensión de un amor responsable (que respeta al otro), que se expresa en un amor de donación total, superando así esquemas narcisistas y egoístas inmaduros, una integración del sexo en el amor, que encuentra el lugar único y privilegiado en el matrimonio, el cual se abre a la vida, a la procreación, a la sociedad, como un bien necesario. Separar arbitrariamente los eslabones de esta cadena, separándolos de un serio empeño de verdadero amor y de verdadera donación, ha introducido la confusión y, en lugar de una liberación prometida, ha forjado cadenas de esclavitud. Es la banalización del sexo, asumido en forma restrictiva como instrumento de placer sin responsabilidad, a cuya entronización contribuyen muchos de los «modelos de educación sexual» en textos ampliamente difundidos que asumen un «estilo de vida» explosivo para la persona, para la familia y para la sociedad.

La Humanae vitae representa una llamada a la educación para un amor en el matrimonio digno de ese nombre. La mera «información sexual», desligada de una pedagogía de la libertad, en una tarea auténticamente formativa, que se abre a una responsable relación de amor, causa verdaderos estragos. Un conocido psicoanalista, especialista en psiquiatría social, en su reciente obra «La différence interdite», observa: «La información sexual ha vaciado completamente la dimensión afectiva, confundiendo la atracción sexual con el amor. Una atracción sexual no significa automáticamente que uno se inscriba en un deseo de amor recíproco». Se ha tomado como modelo, anota Tony Anatrella, un sexo adolescente (inmaduro) que, en la confusión antes anotada, no busca al otro, es egoísta y puede corresponder a lo que Sartre, me parece, llamaba una «empresa de seducción».

Pablo VI advirtió a tiempo la magnitud y gravedad de las consecuencias que hoy se reconocen en graves «costos sociales». No son pocos, por fortuna, los signos de reacción para conquistar espacios perdidos y un sentido de la vida y del amor, contra los «estilos de vida» difundidos incluso en organismos y foros internacionales.

La Humanae vitae, como servicio profético, ha abierto con seguridad los caminos a una comprensión genuina de la paternidad y la maternidad responsables, a una fecunda educación del amor, a la formación de la conciencia, y en casos en que medien justos motivos para espaciar los hijos o para buscar un tamaño de la familia de acuerdo con las posibilidades de asegurar una educación integral, ha mostrado el valor de una pedagogía del amor en los métodos naturales de la regulación de la fertilidad. Siendo totalmente diferentes a los métodos contraceptivos, cada vez más se muestran como una «alternativa auténtica», de seriedad científica, como «métodos» y a tono con las exigencias de una coherente antropología (cf. Familiaris consortio, 35; Evangelium vitae, 88). Desde luego, los métodos naturales no pueden ponerse al servicio del egoísmo de quienes no aman o temen la vida.

En estos años ha pasado mucha agua bajo los puentes. Es verdad que la concepción de la familia y de la vida ha sufrido alteraciones y desajustes; puede ser que una alta proporción de parejas, seducidas o engañadas por una cultura permisiva, no alcancen a percibir en toda su dimensión el desorden objetivo de las conductas contraceptivas. Pero es también verdad que la enseñanza de la Iglesia expresada por Pablo VI representa un norte, un ideal posible, alcanzable, con la gracia de Dios, que llena de energía a los esposos, los cuales, con un amor purificado en la reconciliación, sin negar la debilidad y las caídas, se levantan para caminar con paso firme según la noble vocación de esposos, en el matrimonio, cuyo autor es el Señor.

En breve, el Consejo pontificio para la familia publicará un comentario al Vademécum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal que es, en el campo de la moral matrimonial, una ayuda segura e iluminante para los ministros de la reconciliación, que, como tales, han de mantener a la vez incólume la enseñanza del Magisterio, en este caso de la Humanae vitae, y, como servidores del Señor, rico en misericordia, han de acompañar con corazón comprensivo, con encendida caridad pastoral, a los esposos en su camino de santidad. El camino que recorren los esposos no es fácil. Ninguna vocación en la Iglesia puede cumplirse sin cruz y sacrificio. Cristo acompaña en su peregrinación a la pareja y la Iglesia es para los esposos su hogar, su casa, la mansión en donde, escuchando a Dios, se forma su conciencia y crece su amor y su compromiso.

En la Humanae vitae se han dado cita la razón y la fe, la sabiduría humana, no alterada ni altanera hasta hacerse arbitraria, y la verdad que viene de Dios. Alguien ha dicho recientemente que millones de creyentes querrían hoy alterar («renverser») la célebre frase de san Agustín: «Credo ut intelligam» (creo para entender), y querrían entender primero, comprender, para creer. La Humanae vitae es un ejemplo formidable de cómo la fe hace comprender más en profundidad lo que es la verdad del hombre y de la mujer en la dignidad de un amor total, exclusivo, fiel, fecundo (cf. n. 9), un amor a la medida y posibilidad de la criatura humana y de la pareja, imagen de Dios: «A imagen de Dios lo creó» (cf. Gn 1, 27). La obediencia a la voluntad de Dios ha llevado al Sucesor de Pedro a la defensa de su dignidad, para comprender lo que es el hombre y lo que Dios quiere de él. Desde luego, en otro momento, comprender, entender lo que es el hombre, conduce a descubrir y contemplar a su autor. Es la dialéctica de la fe.

Con respecto a la moral conyugal se han querido introducir interpretaciones que perturban. Se ha llegado hasta oponer, cediendo a un secularismo envolvente, que sería exigencia de inculturación de la moral cristiana, con los efectos de alteración de los principios rectores de la ética y de la conciencia, en donde resuena la voz de Dios. Se ha querido imponer o persuadir, con motivos de la razón de discutibles ribetes científicos, para concluir que, si muchos doblan sus rodillas ante los avances de la ciencia y se han cerrado a las exigencias de la Humanae vitae, la razón los asiste. Y esto en nombre del Concilio, cuya corriente de liberación habría frenado la encíclica Humanae vitae. Para evitar conclusiones de este estilo, es bueno recordar lo que el Concilio enseñó: «La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre» (Gaudium et spes, 11). Y precisamente para introducirnos al misterio, a la verdad del hombre, el Concilio afirmó: «El misterio del hombre se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (ib., 22). Es la ruta de Pablo VI.

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